En nuestra educación pública oficial, básica, secundaria y superior es negada la existencia de una cultura originaria ancestral milenaria. Nos ocultan la vertiente madre que mantiene su propia cosmovisión y cosmovivencia, desconociendo su existencia, actualmente se lo aborda de manera superficial, folclorista y pintoresca, no esencial, como debería ser para fortalecer y sentar las bases de una sólida identidad y de una personalidad segura.

Nuestra cultura mestiza contemporánea es matizada y enriquecida con una herencia de nacionalidades, etnias y pueblos que desconocemos y eventualmente rechazamos debido a que ignoramos este legado ancestral que resiste en la narración oral, prácticas agrícolas, actos de agradecimiento y celebración, alimentación, entre otros, que se evidencian en la Mitología, Ritualidad, Festividades y Actos Mágicos inherentes a una cotidianidad de nuestros antepasados y persiste hasta la actualidad en las diferentes culturas que habitan nuestra tierra por la que tienen tanto apego y saben que al igual que el agua no es una mercancía. No somos sus dueños, ellas son sagradas parte del pasado de nuestros pueblos; las flores, los árboles, los pájaros, los animales, las cascadas, los volcanes son nuestros hermanos.

Al hombre y a la mujer civilizados en este sistema capitalista nos instruyen en tratar a los elementos naturales de forma cruel: invadir, explotar, devorar, agotar dejando ciudades, desiertos y muerte sin darse cuenta que el exterminio del hábitat trae también la destrucción material y espiritual del humano ya que todo este imbricado.

Los antiguos escribieron en las estrellas su origen, sus leyendas, sus anécdotas, cada constelación tiene el recuerdo de sus dioses y héroes, este legado de tradiciones no forma parte de nuestra educación formal que insiste en la acción de sumirnos en una contemporaneidad violenta y mercantilista que nos lleva a desconocer nuestro pasado rico en arte, filosofía, ciencia, espiritualidad, necesarios en la formación del ser humano, la interpretación de estos saberes oficios y costumbres se ven reflejados en las diferentes expresiones como la orfebrería la cerámica, máscaras, textiles, utensilios cotidianos y cultuales trabajados en metales y piedras preciosas que reflejan signos desconocidos son manufacturas que reflejan la complejidad del pensamiento y creatividad con la presencia de seres arcanos que evocan  en nuestra memoria genética la imagen de la naturaleza, de las galaxias y de mundo metafísicos.

Los hombres y mujeres de sabiduría (Yachaks) que son representados de manera antropomórfica como pájaros, felinos, serpientes, venados imágenes de diversas significaciones del arte sagrado animales totémicos, plantas de poder y otros entes en los que se transforman, representan a un sistema de orden cósmico social e individual con ceremonias que traen al presente acontecimientos de origen que propician el equilibrio de la Pachamama. La protección de la especies en una vida armónica con el ser humano, mediante los ritos que celebran ascendiendo y descendiendo entre el cielo la tierra y el inframundo producto de alucinaciones y de éxtasis inducidas por plantas enteógenas, a través de las cuales el Yachak viaja a otras dimensiones de espacio y tiempo, se comunica con sus antepasados y planea el futuro.

Pero no solo se trata de visiones, sus experiencias entran fundadas en conocimientos cosmológicos, astronómicos, agrícolas, geométricos, arquitectónicos, matemáticos, físicos, transmitidos por generaciones que sabían de los movimientos de la luna y el sol y de la sincronía de la de los cuerpos celestes, los cambios de clima y estaciones que indican momentos adecuados para sembrar y cosechar.

Atravesamos una época en la que la vida de la naturaleza y los elementos que se han creado con el paso de los siglos es destruida por nuestros sistemas económicos, políticos, sociales, motivados por el deseo, la codicia y el poder del capital la reacción de conservar nuestro entorno se da cuando un recurso natural se está extinguiendo, demostrando la débil conciencia de planificación ecológica, depredamos ansiosamente los ecosistemas para convertirlos en mercancía explotamos los recursos naturales compulsivamente para producir, comprar y botar generando basura de cualquier forma.

Es necesario educar y concienciar urgentemente a las nuevas generaciones sobre lo transcendental de reconocerse como seres espirituales, comunitarios, solidarios, consientes, equilibrados, como era la vida de nuestros antepasados inmemoriales que se transformaban en los animales con los que compartían la práctica alquímica que nos une al infinito, al origen de la vida y la presencia de los dioses que inventamos y mantenemos con cuentos y cantos que son mitos que renacen en personajes divinos con danzas, máscaras, tambores, rondadores, movimientos y gritos al viento, la lluvia, el trueno, los volcanes, los ríos, la luna, el sol, las piedras que les hablan al hombre y la mujer señalando su rumbo a través de la organización y ritmo del cielo con su caos y cosmos que nos ofrecen los solsticios y equinoccios del nacimiento y la muerte, la fertilidad, la caza, visiones y sueños que contiene los espacios ilimitados del cielo, la tierra y bajo la tierra (Hawa, Kay, Uku Pacha) que nos hace habitar lo amplio y profundo de pensarnos y encarnar como seres  que viven en la memoria de la naturaleza sabiendo que sus antepasados son el jaguar el colibrí  el llamingo, la lagartija el mono, el sapo. Que en la siembra el hombre es la semilla y la mujer la tierra, que sus soplos son el viento, que sus huesos las montañas, que su ombligo es el centro del mundo, sabiduría que es adivinada por las plantas que nos hace reflexionar, que alterar el equilibrio de la natura tiene fatales consecuencias.

Reivindiquemos nuestro origen mestizo priorizando nuestra raíz madre como rasgo de identidad reconociendo la riqueza y el origen milenario de nuestra tierra a la que nos une los colores de este camino de arco iris que nos guía al tesoro inconmensurable de ritos, mitos, fiesta y magia de la cosmovisión y cosmovivencia andina y ecuatoriana. Unirnos y repartir la emoción de seguir conociendo esta sabiduría que nunca nos enseñaron y que nos pertenece por herencia. Basta de rendirle pleitesía al conocimiento del padre Occidente que por más de 500 años nos impone este único sistema de vida y educación al cual agachamos la cabeza. Instruyamos a nuestros hijos que la tierra es nuestra madre y está enriquecida con la vida de sus semejantes y que todo lo que le ocurra recibirán sus hijos. El ser humano no es el tejedor de la vida, él es solo un hilo, la tierra no nos pertenece, nosotros pertenecemos a la tierra, sintiendo y entendiendo esto encontraremos el Sumak Kawsay.

Por: Héctor Cisneros Sánchez (*)
Actor, gestor cultural
Foto portada: Santa_Cruz_Pachacuti
Abril 5 de 2021

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