El levantamiento de octubre: Reflexiones iniciales

Por: Inti Cartuche Vacacela
Kichwa, Saraguro. Sociólogo
Febrero 17 de 2020

La importancia de la lucha

Aunque algunas personas insistan en decir que salir a las carreteras y las calles a luchar no sirva de nada, los momentos más fuertes de las luchas de los pueblos sirven –más allá de los resultados y derivas posteriores– para alumbrar algunas cosas que en la vida cotidiana parecen oscuras y ocultas. De este modo los instantes más fuertes de las luchas son como relámpagos que permiten ver las contradicciones fundamentales de la sociedad, así sea por un instante bien pequeño. A pesar de ello, ese momento queda en la larga memoria de luchas de los pueblos. Los momentos de explícita lucha de los pueblos rompen la monotonía de la vida cotidiana, de la repetición diaria de las normas establecidas desde el poder, rompe con el tiempo lineal que se construye desde el Estado y los grupos de poder. Los momentos de lucha son rupturas de ese tiempo lineal, de la cotidianidad de la dominación, de la supuesta paz social que oculta los conflictos, las contradicciones, las desigualdades profundas de la sociedad: la explotación, el racismo-colonialismo, la violencia patriarcal. Los momentos de lucha también son importantes porque de alguna forma siembran y abonan las esperanzas y los sueños de los pueblos porque les muestra su poder a veces silenciado, olvidado o reprimido. El levantamiento de octubre deja entonces algunas reflexiones, algunos aprendizajes que sirven para la continuidad de la lucha.

El antagonismo social

Así, durante el momento de mayor despliegue del levantamiento –la toma de las gobernaciones, la toma de Quito y la paralización total del país– se pudo apreciar claramente las fracturas profundas de la sociedad ecuatoriana. Ésta, como muchas otras alrededor del mundo, está constituida por profundas contradicciones sociales que dan forma a las desigualdades y también originan las luchas de los pueblos. El levantamiento de octubre dejó ver claramente los bloques del antagonismo social.

Por un lado, el gobierno –y toda la institucionalidad del Estado: ejecutivo, legislativo, judicial y militar–, los grupos empresariales que desde hace rato están en alianza con él, los grandes medios de comunicación nacionales, las oligarquías de las grandes ciudades. Estos grupos sociales forjaron una alianza explícita  y en algunos casos mucho antes, para enfrentar el levantamiento. Así, solamente por poner algunos ejemplos, la decisión del gobierno de establecer un estado de excepción fue corroborada por la Corte Constitucional dando cara abierta a la represión. Los grupos empresariales en un comunicado de las Cámaras hizo un llamado al gobierno y al aparato represivo del Estado a usar la máxima fuerza posible para devolver el orden a la sociedad. Obviamente al orden que a ellos les gusta, es decir, la de un pueblo silenciado y sumiso. Los medios de comunicación nacionales intentaron establecer la idea de que en el país no sucedía nada, y luego ante la contundente realidad del levantamiento tergiversaron las noticias, poniéndose claramente del lado del bloque de poder alrededor del gobierno. La Asamblea hizo lo suyo, o más bien no hizo nada y estuvo en un silencio cómplice con la intención del gobierno de reprimir el levantamiento. Las grandes oligarquías de Guayaquil y Quito y otras ciudades más pequeñas también se unieron a este bloque sacando relucir su racismo colonial como cuando el ex alcalde de la ciudad porteña llamó a salir a las calles a “defender la ciudad” de la supuesta llegada de marchas indígenas desde la sierra. Cosa que en verdad era un autoengaño, las marchas de los indígenas en Guayaquil fueron protagonizadas por propios migrantes e hijxs de ellos ya establecidos por años en esa ciudad. Tal actitud racista demostró además la profunda ignorancia de las élites de su propia realidad.

Por otro lado, el bloque del levantamiento indígena y popular, que en los días finales se convirtió en levantamiento generalizado del país. Desde hace algunos meses atrás el FUT y la CONAIE venían haciendo un llamado a movilizarse ante lo que se venía venir: la firma de una carta de intención con el FMI y el consiguiente paquete de medidas: reformas laborales que agravian la economía de los trabajadores públicos y privados, privatizaciones, remisión de deudas a los más ricos del país vía condonación de impuestos, entre otras cosas. Así algunas marchas ya se realizaron en la ciudad de Quito y Cuenca principalmente antes del levantamiento. También hay que indicar que unas semanas antes se realizó una gran marcha contra la minería en la ciudad de Guaranda.

Ante la inminencia del decreto 883 y el paquete de reformas laborales por enviar a la Asamblea, las organizaciones agrupadas alrededor del Frente Popular –FUT, estudiantes, UNE y sindicatos de trabajadores– y la CONAIE llamaron para los primeros días de octubre a una Paro Nacional. A esto se sumaron los transportistas que paralizaron los primeros días de octubre, sin embargo, la cúpula dirigencial, en acuerdos ilegítimos con el gobierno, alzaron la movilización. De todas formas, la mecha ya estaba encendida. Desde las comunidades de base del movimiento indígena –CONAIE, FEINE y FENOCIN– adelantándose y en algunos casos obligando a sus dirigencias a radicalizar el Paro Nacional llamaron a un levantamiento. Y así iniciaron a cerrar paulatinamente la totalidad de las carreteras principales de la sierra y de la Amazonía. El levantamiento fue masivo en todas las regiones de la sierra, comunidades cerrando las carreteras y algunas caminando hacía Quito, y en las provincias hacia sus capitales. La llegada a la ciudad de Quito por el norte y por el sur fue masiva, alrededor de 30000 personas según cálculos aproximados se asentaron en el mítico parque El Arbolito. En las capitales provinciales se tomaron las gobernaciones en Guaranda, Riobamba, Azoguez, Puyo, Cuenca, Macas y otras. Conforme avanzaba el levantamiento otros sectores se sumaron como los barrios populares del sur de Quito, y así en otras ciudades. Guayaquil y su población migrante indígena y sectores populares se unieron a la movilización y realizaron una masiva marcha en contra del racismo y el decreto 883. La solidaridad de los pobladores urbanos también fue visible, y sin duda fue parte del levantamiento al sostener la alimentación y la salud de los levantados que llegaron a Quito y se enfrentaron al aparto represivo del Estado.

En resumen podemos ver entonces un bloque plurinacional y popular conformado por comunidades indígenas y organizaciones de base y nacionales, estudiantes, trabajadores, pobladores de barrios populares, población en general que se unieron al levantamiento, medios de comunicación alternativos y comunitarios, todos articulados alrededor del movimiento indígena.

La memoria larga y la memoria corta

Otra de las cosas que se pudo mirar durante el levantamiento es la re activación de la memoria histórica de lucha. Así, muchos evocaron el ya mítico primer levantamiento de junio del ‘90. Algunos dieron en llamar a esta movilización como el segundo levantamiento indígena. De todas formas, este levantamiento lo superó en masividad, ya que, a diferencia de aquel, la paralización de la sierra fue total, llegando a zonas que por lo general no suelen movilizarse, como Guayaquil y el extremo sur como la ciudad de Loja.

La memoria de las luchas del movimiento indígena y popular se hizo presente. Pero unida a esa memoria de lucha, también se reactivó la memoria de lo que significa el FMI para los sectores populares e indígenas. En el Ecuador no es la primera vez que el neoliberalismo quiere imponer sus medidas al pueblo. La gente movilizada recordó los largos 90s y todas las consecuencias sociales que produjo la aplicación de paquetes venidos desde el FMI: empobrecimiento generalizado, privatizaciones, feriado bancario, corrupción política y crisis generalizada. Esas memorias de agravios al pueblo también fueron activadas antes y durante el levantamiento. Digamos que en este sentido se actualizó una memoria larga.

Sin embargo, de ello, también se activó una memoria corta, de la época progresista de la revolución ciudadana. Así, el levantamiento puso en claridad todos los agravios de la década pasada infringida a las organizaciones indígenas y populares al decir “Ni Moreno ni Correa la lucha es del pueblo”, y al llevar también la agenda anti extractivista de muchas organizaciones de segundo grado como parte de la movilización nacional. En este sentido, fue claro que el levantamiento de octubre ha activado la politización y movilización de una sociedad en general que fue víctima del silenciamiento y la represión por parte del gobierno de Correa, principalmente las organizaciones indígenas y de los trabajadores opuestos al gobierno y su programa extractivista y anti trabajadores.

El levantamiento de octubre, de cualquier forma, posibilita nuevos caminos y horizontes por fuera de la dicotomía que se estableció en la década progresista: la constituida por el bloque progresista y la derecha tradicional. Cabe recordar que la izquierda y el movimiento indígena y popular quedó atrapado en ella con pocos márgenes de acción. El levantamiento de alguna manera fisuró ese marco y abre con ellos posibilidades de movilización y re articulación política más allá del progresismo y claro antagonismo con la derecha oligárquica y empresarial.

Los momentos de lucha activan y rearticulan las múltiples memorias de los pueblos para hacer frente a los problemas del presente. A su vez esas memorias contribuyen a la toma de conciencia y la politización de la realidad mostrando con mayor claridad los caminos de las luchas posteriores.

El poder de arriba y el poder de abajo

Algunas de las imágenes mas llamativas del levantamiento de octubre fueron la huida del presidente hacía la ciudad de Guayaquil, dejando en abandono el palacio de gobierno, y la toma de las instalaciones de la Asamblea Nacional.

Mirando la potencia del levantamiento se podía evocar las memorias de los levantamientos de 2000 cuando se tomó en aquel entonces el Congreso y se botó a Mahuad de la presidencia. En esta ocasión, por momentos parecía que el levantamiento iba a tomar ese cauce nuevamente, es decir optar por  “toma del poder” de las principales instituciones del Estado. Sin embargo, la movilización al parecer aprendió también de la historia, y se dio cuenta de alguna forma que no serviría de mucho botar un presidente y que quede el decreto 883, más o menos como sucedió en enero de 2000 con Mahuad y la dolarización.

El levantamiento mostró de alguna manera que el poder no es una cosa, o solamente una institución, un palacio, una Asamblea Nacional que puede ser ocupada. El poder en realidad se siente, como cuando la represión se hizo presente en los cuerpos de hombres, mujeres y niñxs movilizados. Entonces el poder no es solamente las instituciones del Estado, sino sobre todo una forma de relación que se establece entre los grupos sociales que están en contradicción, en este caso entre el bloque de poder alrededor del gobierno por un lado y el bloque indígena popular que hizo el levantamiento. El poder desde arriba, es además variado y está en muchos lugares, con esto no quiero decir que las instituciones del Estado no sean importantes a la hora de establecer los horizontes de la lucha, pero si es necesario indicar que el levantamiento mostró también otros lugares desde donde se ejerce el poder. Una de ellos, por ejemplo son los medios de comunicación nacional privados y aliados al gobierno. El poder de la tergiversación, de la deslegitimación y del establecimiento en la sociedad de un imaginario de los levantados como vándalos, saqueadores, violentos por un lado, y la victimización de los grupos de poder sean como Estado y fuerzas armadas, y de las clases acomodadas que supuestamente “solo quieren la paz y trabajar” por otro. De igual forma, el poder empresarial, el poder económico de las oligarquías que hicieron llamados a reprimir y se activaron para defender sus privilegios.

Pero, además hay que rescatar del levantamiento que los pueblos también disponen y pueden ejercer un otro poder, un poder social, comunitario y popular: el poder de la movilización, de la organización, de la articulación entre diferentes sectores sociales. Ese poder social en forma comunitaria, se vió en la toma de las gobernaciones y el posterior establecimiento de asambleas populares y plurinacionales, en el establecimiento de estados de excepción en los territorios indígenas y comunitarios como forma de resguardar la integridad física y psicológica de sus pobladores frente a la represión del Estado. Y más visiblemente el poder que obligó al gobierno a sentarse a un “dialogo” –aunque los dirigentes dijeron que solamente iban a entregar un mandato del pueblo–.

Ese poder social es necesario tenerlo en cuenta, y muestra de todas formas el lugar y el origen de un poder que sirve a los pueblos y que se pone frente al poder del Estado. El levantamiento de octubre nos muestra como un destello, que no solamente es suficiente el poder del Estado, sea en sus espacios ejecutivos, legislativos, judiciales o represivos, sino que es también necesario y quizá siempre imprescindible organizar, sostener y ejercer ese poder social que nace en las comunidades, en las organizaciones de base –incluso para empujar a las dirigencias nacionales a actuar en tal o cual sentido–, ese poder social sin el cual poco se puede hacer para transformar la sociedad. Ese poder que, como se pudo ver, está y se cultiva cotidianamente y en los largos tiempos de la historia en las comunidades, en sus memorias de lucha, en sus cambios y desafíos a las nuevas realidades –como la migración a las ciudades y el acceso a la educación y el contacto con otras experiencias de lucha en las ciudades–.

Cuando nos olvidamos de que ese poder es nuestro, corremos el riesgo de ser simples espectadores, o receptores pasivos del poder del Estado mayormente para mal. La memoria corta de la década progresista nos ha mostrado claramente que el Estado necesita o se inclina a monopolizar las decisiones de la vida política de la sociedad y su gente. Es útil recordar cómo las decisiones más importantes del gobierno excluyeron la participación crítica, colectiva y autónoma del movimiento indígena, de las organizaciones feministas y de mujeres así como de los trabajadores, en temas como la política minera, las leyes de aguas y tierras, la despenalización del aborto y las leyes laborales, que a la final fueron los centros de los conflictos con el correísmo. Ese poder desde el Estado tiende a desmovilizar, como fue la realidad de varios sectores de la sociedad durante la década progresista, y el intento con el movimiento indígena y los sindicatos. Se puede decir, ese poder del Estado tiende a silenciar, borrar, o manipular el poder social de la gente organizada. Cuando lo logra tenemos simplemente un mando desde arriba que debe ser obedecido con total sumisión, y con las consecuencias que se deriven de ello. El poder desde abajo es un contrapeso a ese poder de Estado, y debe ser mantenido, fortalecido y expandido, si lo que se busca es subvertir todo el orden de dominación que explota, oprime y violenta a las personas, a los pueblos y Madre Tierra.

Quito, 25 de octubre de 2019

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