La interculturalidad y los complejos coloniales*

Por: Luis Maldonado Ruiz
Kichwa, Filósofo, Especialista en Asuntos Latinoamericanos, Académico, Conferencista Internacional
Diciembre 1 de 2019

La fiesta por la fundación española de Quito, es el espacio propicio, en el que se puede visibilizar como la interculturalidad no pasa más que de un discurso y como los complejos coloniales nos dominan a sus anchas. En pleno siglo XXI ¿es posible que sigamos celebrando un acto de terror y muerte? Como se puede apreciar, unos se regocijan celebrándola, otros la rechazan por ser una fecha de nefasta recordación. Lo cierto es que la mayoría, simplemente desconoce lo que se celebra, lo que importa es que la fiesta nos distrae, nos recrea y nos permite olvidar aunque por un momento, las duras condiciones de vida.

Como desde hace cientos de años, la visión de la historia de los invasores se impone y prevalece, mientras que la historia de los “otros”, los “vencidos”, “los indios” se invisibiliza o simplemente se ignora.

En esta época de cambios, resulta irónico volver a tratar este tema, tantas veces denunciado por su carácter colonialista, que afrenta la memoria y dignidad de los diversos pueblos originarios o primeros habitantes de estas tierras. Como es conocido, decir que Quito fue “fundada” por los españoles, ocultando el hecho de que ésto fue posible como consecuencia de una invasión violenta y bárbara, auspiciada por la monarquía española, ocultando además que estos lares estaban habitados desde hace miles de años atrás por los Quitus que luego se fusionaros con los Caras, expresa una vez más que la visión dominante y colonial vive arraigada en nuestro ser social y político. En realidad poco esfuerzo se hace para descolonizar la historia, así como nuestras conciencias colectivas e individuales.

Revertir esta situación implica indagar sobre el origen colonial, tanto de nuestra sociedad como del Estado, que han determinado nuestra forma colonizada de ser ecuatorianos. Tomar conciencia que vivimos un colonialismo internacional o imperialismo, como también un colonialismo interno, frente al cual no se hace casi nada.

Vale ilustrar esta situación, con un ejemplo; ¿Por qué en nuestra sociedad e incluso las ciencias sociales identifican a una parte de la población ecuatoriana, como “indio” o “indígena” y otra parte, como “no indígena”, “mestizo” o “blanco-mestizo”?

Generalmente se explica que esta denominación se debe al error histórico que cometió Cristóbal Colón, cuando llegó a las islas del Caribe. Pensó y murió convencido que llegó a las Indias Orientales, esto es Asia. Por tanto se usó el gentilicio “indio” para denominar a todos los habitantes de Abya Yala (América). Sin embargo, también sabemos que unos años después de Colón, Américo Vespucio “descubrió” o mejor dicho se dio cuenta que estas nuevas tierras eran un “nuevo continente”. La pregunta es ¿por qué razón entonces se mantuvo la denominación de indio para los habitantes originarios de este continente? Se explica por la evidencia histórica de que en todo proceso de dominación, el dominador requiere diferenciarse del dominado con el fin de consolidar esa relación de dominio.

En nuestro caso, el invasor europeo estableció una diferenciación racial, cultural y social para legitimar esa relación de dominación e imponer un orden social, económico y político, que reduce al “otro” a la condición de ser y estar dominado. Desde esta perspectiva, “indio” es una categoría jurídica, política, social y étnica que asigna al “otro” en tanto dominado la posición de inferior, de siervo, de salvaje, de primitivo, de idólatra, adverso al dominador que asume su condición de superior, civilizado, cristiano, etc.

Esta categoría ideológica y económica nos permiten entender como somos ahora, las características de nuestra sociedad y los valores que nos rigen. Para conocer los fundamentos de esta ideología veamos lo que pensaban algunos de sus más ilustres intelectuales.

Gines de Sepúlveda representante de la Corona Española ante el Consejo de Indias (siglo XVI), decía, al comparar a los habitantes del nuevo continente con los europeos, que “con perfecto derecho los españoles imperan sobre estos bárbaros del Nuevo Mundo e islas adyacentes, los cuales en prudencia, ingenio, virtud y humanidad son tan inferiores a los españoles como los niños a los adultos y las mujeres a los varones…estoy por decir que de monos a hombres”

La Constitución de 1830, con la que se funda el Estado Ecuatoriano, manifiesta en el “Art. 68. Este Congreso constituyente nombra a los venerables curas párrocos por tutores y padres naturales de los indígenas, excitando su ministerio de caridad en favor de esta clase inocente, abyecta y miserable”.

Los ideólogos de la modernidad Latinoamericana como Domingo Faustino Sarmiento, reconocían la superioridad de la civilización europea, afirmando que se debe “reconocer las leyes inmutables, las razas fuertes exterminan a las débiles, los pueblos civilizados suplantan en la posesión de la tierra a los salvajes”. En igual tenor Juan Bautista Alberdi, liberal argentino proponía como punto de partida de su proyecto político “…en América gobernar es poblar, poblar de occidentales y despoblar de aborígenes”. Exclamaba su obsesión “América esta conquistada, es europea, y, por lo mismo, es inconquistable”.

Me pregunto, si estas apreciaciones son diferentes cuando los diversos gobiernos contemporáneos de nuestro país, frente a la problemática de los pueblos indígenas y sus manifestaciones de protesta social, manifiestan su preocupación porque los indígenas son reacios a “integrarse a la sociedad”, o también expresan el temor de que “los indígenas están manipulados” por agentes externos de derecha o de izquierda o se los califica de “infantiles, menores de edad”? ¿O cuando en función del “interés nacional”, se pretende despojarlos de sus territorios y vulnerar sus derechos colectivos ofertando como compensación el desarrollo?. ¿O cuando en función de la hegemonía y supremacía de un sistema de justicia sobre el otro, se pretende limitar y reducir la administración de justicia indígena a “resolver problemas menores”, menoscabando sus derechos como pueblos?

Como podemos apreciar, la condición de dominado y de inferioridad del indio se ha mantenido a lo largo de toda la historia de América Latina. En la actualidad el término indio, en la formalidad estatal ha desaparecido y es sustituido por el de “indígena”, siendo incluido con entusiasmo al discurso político y académico. A pesar de que estos discursos construyen progresivamente una nueva dimensión sobre el ser de los indios desde los otros, no hay que perder de vista, la vigencia de los rezagos coloniales en el uso discursivo de la diferencia y los procesos de integración enajenada.

Es importante insistir en el carácter colonizado de nuestro lenguaje cotidiano y nuestro pensar, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, indígena “viene del latín indi (india) y el sufijo de raíz indoeuropea gen, entendiéndose por; ‘parir’, ‘dar a luz’, engendrar. De allí el sentido de primitivo habitante de un lugar, nativo. El que es natural del país, provincia, ó lugar de que se trata u originario de un lugar”. Entonces hay que reflexionar lo siguiente: ¿por qué si indígena quiere decir originario de un lugar, cuando se pregunta a cualquier habitante del país, si es indígena o no, la mayoría responde que no es indígena? En realidad todos los nacidos en este país somos indígenas, pero se le da otra acepción porque entendemos “indígena” como sinónimo de indio. Por ello, cuando afirmamos que “no soy indígena” se asume una posición ambigua y un profundo desarraigo psicológico, identitario y social, lo que explica la actitud poco patriótica con el país, su tierra y su gente.

En este contexto colonialista es evidente que seguirá existiendo el indio o el indígena mientras subsistan las relaciones de dominación. Es claro por tanto que los “indios” no aspiran a seguir siendo “indios”, sino que reivindican su status de pueblos con derechos innatos en tanto pueblos que se denominan por sus nombres propios: Kichwas, Shuar, Chachi, Tsachila, etc., pues se trata de superar la condición de dominado y recuperar su dignidad como pueblos.

Fausto Rainaga, pensador indígena boliviano decía: “la agresión más feroz del colonizador ha sido despojarnos de nuestra historia, sin historia no se es, y con una historia falsa, ajena, se es otro, pero no uno mismo”. El camino que nos lleve a construir un Estado Intercultural y Plurinacional es largo y tortuoso, pero necesario y lo debemos asumir todos los ecuatorianos.

Vale recordar siempre que las celebraciones de las efemérides deberían tener una visión intercultural y descolonizadora, que nos permita un visión crítica de nuestro pasado, que nos permita entender y actuar para transformar lo que somos y que nos haga participes de construir un futuro común respetando la diversidad. Las celebraciones rimbombantes, folklorizantes y atrapadas en el consumo, nos someten, nos colonizan, no aportan al cambio peor a la revolución.

  • Artículo publicado el 29-11-2012

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