RSS

Racismos invisibilizados: vivencias y resistencias cotidianas del pueblo kichwa en Ecuador

02 Ago
Facebooktwittermail

Por: Verónica Yuquilema Yupangui
Kichwa de la Nación Puruhá. Abogada
Agosto 2 de 2019

(Parte II) [1]

Los espacios públicos como espacios de interacción que reproducen racismo

“¡Sube rápido, María! ¿Qué quieres hijita/o? Me va a salir lo indio”

Estas expresiones racistas las escuché desde que tengo uso de razón y no pueden pasarse por alto porque ahora que me aproximo a mi tercera década, la gente -desde el chofer de bus hasta el funcionario de Estado- sigue haciendo uso del nombre María, en el caso de las mujeres y Manuel en los hombres, para llamar a cualquier persona visiblemente identificada como runa.

Otros escenarios de reproducción de racismo son los locales de atención al público, llámese, tienda de comercio, consultorio médico o dependencias judiciales[2]/estatales. Solo como ejemplo, cuando acudimos a uno de estos espacios somos tratados de forma automática en primera persona, o sea, de y no de usted: ¿Qué quieres hijita/o? La tercera persona, usted, es exclusiva para las y los mestizos, a quienes la atención inmediata es: ¿Qué desea señor o señora? Y en general, las expresiones se complementan con la palabra “hijita/o”, determinando con contundencia nuestro lugar de inferioridad.

¿Por qué estas expresiones tan simples y aparentemente inintencionadas son racistas? Primero, porque son expresiones creadas por la sociedad blanca/mestiza dominante desde su lugar de poder, privilegio y status; segundo, porque son usadas únicamente para tratar o llamar a personas que históricamente hemos sido invisibilizadas, desprestigiadas y silenciadas, y finalmente, porque con el uso cotidiano y sistemático se continúa reproduciendo un sistema basado en la existencia de una “raza” superior, aún en este siglo XXI, que asume el poder de etiquetar, tratar o llamar. Por tanto, estas expresiones no son inofensivas ni sin intención, son racistas y a través del uso se va perpetuando la cosificación e inferiorización del runa.

Lo propio ocurre cuando la gente blanca mestiza usa de forma tan natural expresiones como: “Me va a salir lo indio” “Estás sacando lo indio” o “No te portes como indio” cuando quieren insultar/agredir a alguien o cuando alguien huye de la etiqueta protocolar de comportamiento – que dicho sea de paso es tan opresor para nosotra/os cuanto para la/os propia/os blanca/o mestiza/os.

Los espacios privados y su prerrogativa colonial y clasista denominado “derecho de admisión”

En una ocasión mis hermanos y yo queríamos, como cualquier otra/o joven, ingresar a una de las discotecas en la ciudad de Riobamba[3]. Mi hermano mayor y yo acudimos a comprar las entradas – ambos visiblemente identificados como kichwa, vistiendo poncho y anaco- al pedir los boletos, nos explicaron: “Es un evento exclusivo y nos reservamos el derecho de admisión.” Asumiendo que el motivo real de impedimento era nuestra identidad runa, decidimos pedir que uno de nuestros amigos – él visiblemente alemán-  intentara comprar los boletos, lo consiguió y no recibió la explicación que nos fue dada. Esa fue una de las tantas veces en que nuestro cuerpo runa era impedido de ser y estar en un espacio, que si bien es privado, es abierto para uso público.

Este tipo de experiencias no es aislado, hechos similares se replican a lo largo y ancho del país. En el año 2017 un grupo de chicos y chicas otavaleñas, al norte de la sierra ecuatoriana, fueron prohibidos de ingresar a un centro de diversión en Otavalo[4] porque estaban usando la vestimenta de su pueblo. El grupo de jóvenes afectado presentó una acción judicial. Ésta sería una de las pocas veces en que un hecho de discriminación racial hacia runakuna ha sido judicializado y sobre todo, visibilizado, ya que la mayoría de veces que esto acontece preferimos enfrentar el racismo desde la represión de nuestros sentimientos, llevando lo vivido al espacio privado.

El denominado “derecho de admisión” usado a nivel mundial, es una prerrogativa abusiva usada por el sujeto hegemónico para segregar, jerarquizar socialmente y racializar a esa/os otra/os que no ostentan una humanidad posible, y lo propio ocurre en las discotecas o bares de Ecuador. Además de esta forma explícita de racismo, existen otras acciones de las que nadie habla y mucho menos problematiza.

Hablo de lo que ocurre cuando una mujer o un hombre kichwa ingresan a un bar, cafetería, discoteca o cualquier otro espacio público o privado. Cuando no es confundido con un o una vendedora ambulante, una vez adentro, ésta/os se vuelven el foco de atención de toda/os. Las miradas, los gestos, las risas, los murmuros de las y los ocupantes mayoritariamente blanca mestiza son evidentes. Forzadamente, hemos tenido que adaptarnos a los estilos de vida blanco-mestizos y cuando “osamos” ocupar esos mismos espacios, esto se vuelve inaceptable ante los ojos colonizadores.

Frente a estas acciones, aparentemente sutiles, la respuesta de la población runa han sido varias y todas absolutamente comprensibles. Alguna/os simplemente no acuden a esos espacios; otros, deciden acudir usando la vestimenta de la población blanca mestiza, es decir despojándose de sí misma/os para evitar la vergüenza; otros cuantos, asumen con rebeldía su ser runa, se llenan de orgullo y hacen uso de esos espacios como una forma de resistencia y re-existencia, lo que sin duda, acarrea mayor esfuerzo físico, emocional, y psicológico.

Lo problemático de “ser la o el mejor”

Nosotra/os la/os runakuna nacemos con una tarea bajo el brazo: luchar contra el racismo, el clasismo y en el caso de las mujeres, también, el machismo, y es un trabajo que nos obliga día tras día a ser la/os mejores en todo, en lo académico, en lo laboral, y en lo social de forma general. Así nos inculcan nuestra/os padres y madres, quienes han pasado por situaciones de racismo con violencia física implícita hace no mucho tiempo.

Apenas tenemos uso de razón emprendemos, queriendo o no, nuestra lucha contra el racismo y el resto de nuestras vidas tenemos que llevar ese legado colonial a cuestas y para no aunar otra exclusión nos vemos obligados a encontrar la fuga a la pobreza económica que el propio sistema colonial y capitalista nos llevó; es así que la educación y la profesionalización se convierten en la meta para conseguir salir de esa exclusión económica y social. Cuando logramos la anhelada profesionalización, la lucha continúa porque la filosofía kichwa reflejada en nuestro color de piel, nuestra lengua, nuestra vestimenta es el estigma con el que tendremos que seguir lidiando en cualquier esfera, pública o privada, muy a pesar de que alguna/os de nosotra/os al llegar a algún lugar de poder disminuyan o desvirtúen el peso real que el racismo o el machismo han tenido en ese camino de ascenso y atribuyan su logro a un impulso propio y voluntario.

“Ser la o el mejor” no representa un problema por sí mismo, no obstante, cuando se trata de mujeres y hombres runakuna, pasa a serlo debido a que en países plurinacionales como el nuestro, el runa históricamente ha sido inferiorizado; en virtud de aquello, necesita un esfuerzo extra para que su humanidad sea reconocida socialmente. Por tanto, debe esforzarse diariamente para ganarse el respeto y reconocimiento de la sociedad blanca mestiza; es entonces, cuando ser mejor no es un anhelo o decisión voluntaria sino una imposición dada por el sistema eurocéntrico heteropatriarcal.

El racismo, el clasismo y el machismo son elementos cruciales que lamentablemente aún condicionan nuestro ser y estar dentro de la sociedad, por ese motivo la cuestión meritocrática es un privilegio que solo puede ser ejercido plenamente por el sujeto colonizador: hombre/mujer blanco/a burgués/a,  nosotra/os la/os runakuna – tan solo hablando de quienes vivimos y nos educamos en la ciudad- tendremos que seguir poniendo mayor empeño para alcanzar con consciencia identitaria un lugar en la sociedad o en espacios de toma de decisión.

Pues a pesar de que alguna/os hemos conseguido llegar a espacios de poder político o laboral, no siempre hemos conseguido hacerlo con consciencia y pertinencia epistémica/cultural porque en el camino para llegar a ese anhelado espacio de inclusión social a través de la educación estatal, el sistema termina por colonizar nuestras mentes y cuerpos, al punto, que tal como menciona Emma Chirix (2017), socióloga maya kaqchikel, en las universidades el sistema opresor cumple con su cometido civilizatorio:

[…] cuando internalizamos [el pensamiento civilizatorio eurocéntrico] también lo transmitimos, de esa manera, nos podrán ver vestidas de indígenas pero con un pensamiento también occidental, porque internalizamos. Entonces, en lugar de sentir el orgullo de esta parte de ser, de pertenecer a una familia, a una comunidad y a un pueblo, […] tenía que olvidarse, para ser una mujer educada, civilizada, cristianizada. Entonces, matar a la india es tomar lo que dice la educación oficial y olvidar lo que aprendí en mi familia y en mi comunidad[5].

Empero, esta reflexión no pretende demonizar el anhelo de superación del runa, solamente pretende mostrar la importancia de tomar en consideración nuestro contexto histórico ligado al colonialismo; pues  solo teniendo consciencia de las desigualdades estructurales al que los pueblos y nacionalidades hemos sido sometidos, lograremos aterrizar en respuestas integrales y holísticas ya sea a través de la creación de políticas públicas acorde a la realidad de exclusión que vivimos o en el día a día, impulsando tanto a los pueblos y nacionalidades como a la sociedad blanca mestiza hacia el desarrollo integral y humano basado en principios y valores comunitarios como el ranti ranti (reciprocidad), la minka (esfuerzo colectivo) y no únicamente en función del individualismo, el egoísmo, la competitividad, la acumulación económica y el consumismo. Ser mejores seres humanos debe ser la aspiración de todos y todas, lo cual únicamente se logrará cuando se descolonice, despatriarcalice y desmercantilice nuestras consciencias y horizontes de vida.

[1] Este apartado fue publicado por primera vez en el Dossier “Contranarrativas: Epistemologías descoloniales, racialidad y mapas de la conciencia” en la Revista Millcayac- Revista Digital de Ciencias Sociales: Yuquilema, V. (2019). Racismos invisibilizados: vivencias y resistencias cotidianas del pueblo kichwa en Ecuador. MILLCAYAC Revista Digital de Ciencias Sociales, 6(10), 41–60. Recuperado de http://revistas.uncu.edu.ar/ojs/index.php/millca-digital/issue/view/133/showToc

[2]  Sobre el racismo existente en las dependencias de justicia, específicamente, en la ciudad de Riobamba, ver: (Encalada, 2012)

[3] Cabecera cantonal del Cantón Riobamba y capital de la Provincia de Chimborazo, localizada en el centro de la región Interandina del Ecuador.

[4] Información disponible en https://www.youtube.com/watch?v=6GXkt4ZSVrc. Consultado 10/12/2018

[5] Entrevista realizada por Karina Sic a Emma Chirix, mujer Maya Kaqchikel originaria de San Juan Comalapa, defensora de los Derechos de Mujeres Indígenas y Pueblos Indígenas. Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=PnIkVscKVaY. Consultado 09/12/2018

Facebooktwittermail
 
1 comentario

Publicado por en 2 agosto, 2019 en Categoría

 

Una respuesta a “Racismos invisibilizados: vivencias y resistencias cotidianas del pueblo kichwa en Ecuador

  1. Aldo Vargas Orozco

    12 agosto, 2019 at 23:00

    Excelente, lo comparto.

     

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

 
A %d blogueros les gusta esto: