Una memoria que refleja la identidad

Por: Aymé Quijia Luguaña, Pueblo Kitukara
11 de junio de 2018

¿Me preguntan quién soy y de dónde vengo? Solo quisiera decirles que nací del vientre de mi madre Rosita Luguaña y José Quijia, que pertenezco a la dinastía Quillca, Pilapaña, Gualoto, Quijia, Luguaña, Achig, Palla, bisnieta de aquellos que transitaron con la arriería los páramos de montaña, los Culuncos y flancos del noroccidente, los chaquiñanes de la serranía, las vertientes de la Amazonía. Aquellos que fueron conocidos como naturales, que vivieron como kitus en Nayón, que luego fueron trasladados al Cuzco, al norte de Bolivia, Arequipa, según cuentan los historiadores, que mi apellido Quijia y Luguaña son mitimaes, hoy auto determinada Kitu Kara, por trascendencia, herencia, tradición y territorialidad.

Quiero recordar que mis abuelos y bisabuelos fueron de anaco, tupullina, wangos, wallcas, tupus, rebozos, fajas, ponchos, sarga bayetas, pantaloncillos, lienzos, que caminaban a pie descalzo, luego alpargatas de cabuya, que hablaban kichwa, que tenían el cabello negro y largo cubriendo sus hombros, pues su herencia, saberes y conocimientos van más allá el tiempo.

Les cuento que se dedicaban a la agricultura, sembrando granos y plantas hasta la actualidad, que cosechaban el maíz, la zarandaja, el fréjol, el trigo, la arveja, las habas, las papas,  que cogían las guabas, pakis decían.

Sabíamos que teníamos festividades: San Pablo, San Pedro, el Corphus Cristi y hoy las fiestas patronales de Santa Anita, en el que mostraban sus personajes como los alpatrajes, kitutrajes, danzantes de monedas, plumas, alférez, capitanes, monos, capariches, payasos, mayoras, banderas, que aún los personajes de hoy sienten el corazonar de la tierra al son del tambor, el pingullo, la banda de pueblo, el acordeón basados en su fe.

Cómo olvidar el fogón donde se construía  y rememoraba aquellos cuentos y leyendas de muertos y aparecidos, de duendes, almas, diablitos, entierros, los tesoros, el animero, la ataballinda, entre otros.

Saber que había los encuentros de niños y adultos en el fogón de las casas, haciendo arder la leña de warangos, guabas y eucaliptos, ver las chispas de la cáscara seca y sus ramas, que nos abrigaban a todos, hasta altas horas de la noche.

Recordar las comidas de las abuelitas y madres: la wagrasinka, el chuyauchu, la uchucuta, puntas tanta, alvis tanta, mazamorra, el champus con mote, las coladitas de choclo, haba, arveja, chica, los tostados en todas sus variedades, el aroma del dulce de zambo, dulce de zapallo.

Sentir el olor de las hierbas de mama Lolita, Abuelita Dulo y Abuelita Asencia, en sus patios y terrenos: cedrón, hoja de naranja, alelí, madre selva, dientes de león, allpa anís, allku mikuna, arrayán, alelí, rosa de castilla; sin saborear las coles, acelgas, perejil, culantro, taxos, granadillas, moras, guayabas, que abundaban .

Cómo olvidar los nombres de terrenos antiguos como: Alambre pata, Cojotog, Chaupi Chupa, Cuzua, Amabulo, Pirámide, Ura Loma, Miraflores, nombres de chaquiñanes y sitios de convivencia. Hay mucho que rememorar, mucho que nos identifica con nuestra identidad, vestuarios, comidas, bebidas, imaginarios locales, territoriales, naturales, apellidos, símbolos, formas y colores que nos hacen identificar de dónde somos y quienes seguiremos siendo por siempre. Soy rural, soy de pueblo y nacionalidad, soy Kitu Kara de corazón. La memoria y los conocimientos así lo definen.


Una memoria que refleja la identidad, artículo de Aymé Quijia. Escucha y lea en #Riksinakuy (https://atuplan.com/). 11 de junio de 2018.

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