BUENO FUERA QUE CON UN ¡VIVA QUITO! SE QUITARA EL HAMBRE

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La persona de rostro sudoroso vuelve a mirar y con su voz ronca fluye un sonoro: bueno fuera que al llegar a casa con un ¡Viva Quito!, los hijos dejen de tener hambre. En los oídos de los transeúntes, la semejante respuesta llega como el mismísimo trueno de la mama Tungurahua, nombre de la provincia de donde es originaria y ahora hace su vida en la esquina de la Av. La Ecuatoriana y Camilo Orejuela, sector sur, un populoso barrio de Quito. Es Anita Quinatoa. Sus 55 años de bregar con este ritmo de vida, parece haber servido en un verdadero entrenamiento de subsistencia en un ambiente hostil.  Ella, ni corta ni perezosa, remata: Usted si ya viene bailando caserito, mientras alcanza a mirar a otra persona que se acerca hacia su lugar de trabajo.

Andrés Morocho, con un bolso plástico en mano y sin reacción inmediata ante la quiteña de corazón, solo alcanza a remojar con la punta de su lengua y de manera suave sus secos labios que no resisten al sabroso tripa mishqui, la tripa asada. ¡A Manuelita, Manuelita!.  ¡Este rato a Manuelita!; a Camal, a Camal, sí hay asientos, a Camal… Los gritos de los controladores de las líneas de buses Los Cóndores, Manuelita Sáenz, La 18, hacen coro y compiten por los corredizos pasajeros.  No hace mucho que el sol se desapareció arrastrándose por los costados de los pajonales del cerro Pichincha. Entre tanto, la estrecha esquina se vuelve más bulliciosa mientras al fondo una pequeña parrilla aguarda la cada vez más dorada y exquisita golosina que se revuelca entre brasas, en medio de una suave columna de humo que se expide.

El ameno diálogo, la gracia y habilidad de la señora en atraer la clientela hizo olvidar al vecino Andrés de tomar el bus. No queda otra que acompañarle, pero calentaráme vecinita, bromea al esperar pacientemente al siguiente bus que pasara en veinte minutos. Ella usa una ancha pollera azul y bastante usada que basta para cubrir la cintura y protegerse del frío que se siente a medida que pasan los minutos y la oscuridad se apodera. Sus arrugadas manos se alzan para ajustarse el pañuelo de su cabeza que por el trabajo o el smog de los vehículos se ve más café que amarillo, su color original. Se agacha para soplar el montón de carbón bajo el brasero. Sus manos van de prisa hacia un pequeño balde blanco para lavar los diminutos platos. El cuchillo filudo hace un desesperante chillido en la piedra cuando de rato en rato afila y pronto en manos de la vendedora hace pequeños pedazos de tripas asadas para dárselo a los solicitantes. No se preocupe joven, fue carbón frío, no se va a quemar, dice a un chico simpático que sacude su camisa al frente del brasero, mientras espera el bus.  De cuánto le doy joven. De cuánto tiene, pregunta él. Hay de 50 centavos, de un dólar, de dos dólares, ofrece la señora. Lleve para su novia, para su mamá, para sus hermanitos.  Es bueno para el frío, para que tenga fuerza y baile en estas fiestas, continúa la jovial señora.

“Venga motecito, tripita, calientito está vecinito”, dice con voz baja, como diciéndole al oído. Los transeúntes presurosos huyen de la leve llovizna que empieza a caer y cruzan hacia la esquina de al frente donde está la gigantesca edificación. Es el nuevo centro comercial Tia. Ojalá no molesten los guardias, murmura doña Anita. “Al frente no dejan vender”, anticipa. Ayer no dejaron ni pestañear.  Allí instalaron los parlantes para anticiparse al día de Quito, eran los de ese centro comercial, agrega doña Martha que acaba de llegar desde el centro de la ciudad y se integra a la conversa. Ella se refiere a la cadena multinacional de distribución denominada Tía S.A (Tiendas Industriales Asociadas SA). Esta empresa de origen colombiana presente en ese país, Argentina, Ecuador y Uruguay, se instaló en el barrio sureño hace dos meses.  Los pequeños negocios están en agonía. La novelería de los vecinos también no ayuda, no son solidarios, más bien se juntan con los adinerados, reprocha la recién llegada. Esta empresa cuenta con una plataforma que sobrepasa los 370 puntos de venta, entre los que se encuentran hipermercados, supermercados y tiendas de descuento.  Fue creada por Federico Deutsch y Kerel Steuer en Praga, Checoslovaquia bajo la marca Te-Ta, en la década 1920. Luego se expandieron a Yugoslavia y Rumania. Forzados por la Segunda Guerra Mundial, emigraron a tierras americanas y se establecieron en Bogotá, Colombia donde iniciaron sus operaciones en 1940, bajo la marca señalada.

“Por quién va a votar, vecinita”, se interesa doña Anita mientras saca más tripas de un balde tapado con un plástico.  “No ve, cada campaña levantan pavimentos, adoquines, rompen tuberías de las calles” Quieren mostrar que están trabajando pues vecina, interrumpe Doña Martha.

Una buena temporada para los grupos económicos, así indica un estudio realizado por Fernando Martín  y Marcela Varela, participantes del Programa de Economía de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Los ingresos de los grupos  económicos han pasado de USD 9 300 millones en 2003 a USD 25 400 millones en 2010, aumentando significativamente su peso en la economía desde un 32% en 2003 a casi un 44% en 20. Durante el gobierno actual, el poder económico de estos grupos creció cinco puntos porcentuales. Las utilidades de los grupos económicos en el período 2006-2010 fue un 364% superior al período 2004-2006, época de gobiernos supuestamente neoliberales. Las utilidades de los grupos económicos habrían pasado de USD 529 millones en 2006 a USD 1 830,4 millones en 2010.

Ya mismo acaba vecinita, son palabras con las que se acerca Carlos Tacuri, albañil y vecino del barrio por más de 30 años.  Apuren para hacer día de Quito, invita sonreído. Si tuviéramos trabajo seguro, no estuviéramos endeudadas hace rato que íbamos para dar una vuelta a la plaza, recuerda doña Anita broménadole. Ya no son las fiestas como antes dice con nostalgia al recordar que fue el ex presidente José María Velasco Ibarra quien ordenó parcelar la hacienda Turubamba de Monjas para entregarle cerca de 40 hectáreas a la precooperativa de vivienda La Ecuatoriana. Fue el año de 1970, cuenta de paso sobre la historia del Barrio la Ecuatoriana. El almita (…), presidente del barrio se consiguió los servicios básicos y se implementó el alcantarillado, luz eléctrica, adoquinado…, hace memoria entre suspiros como añorándole su juventud.

Ya son las 21:00. Unos 15 o 20 dólares obtendrá al vaciar el balde. Invierte un rubro similar en comprar tripa fresca en el Camal que está a 20 cuadras del lugar.  Madruga los martes y los viernes.  Antes los conocidos nos ayudan, porque hay muchos que también trabajan con este negocio, dice preocupada porque tiene que encargar la mesa y el brasero a la vecina y luego emprender la caminata con el resto de bulto a la espalda hasta el sector Los Cóndores, allí esperan sus tres hijos. Las fiestas de Quito, no pasan de ser una ocasión para chumarse y ella no desaprovechará de asar más tripas cuando la clientela se aglomere.

José Atupaña G.

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